Cuento escrito por Ana Esther Serrano Cruz, 14 años.

Pasando página

Cuento escrito por Ana Esther Serrano Cruz, 14 años, que estudiaba en el IES Tomás Morales de Las Palmas de Gran Canaria cuando el cuento fue creado.

Si quieres ver los dibujos que han realizado vuestros compañeros, pincha en las palabras que están marcadas con un color distinto.

Te animamos a dibujar alguna parte del cuento y enviarlo a okuparte@gmail.com.

 

PASANDO PÁGINA

Hubo una vez, hace no mucho tiempo, una época en la que nadie leía libros. Todos tenían cosas mejores que hacer que sentarse a leer un libro y sumergirse en un mar de historias y aventuras: salir por ahí con los amigos, ver la tele, chatear en Internet, colgar y etiquetar fotos en el Tuenti, trabajar… Y como ya nadie leía, nadie tenía libros en su casa y todos los libros se vieron obligados a vivir en las oscuras y sombrías bibliotecas.

Al principio todos los libros se alegraron de ser trasladados.

-Así estaremos todos juntos y podremos leernos los unos a los otros- pensaron unos.

-Sí, y así todo el mundo podrá leernos- pensaron otros.

Pero pasó el tiempo y nadie iba a leerlos, y descubrieron que habían sido relegados a pasar el resto de sus existencias allí encerrados, como presos en una cárcel.

Nadie podía entender por qué estaban allí y estaban decididos a no quedarse de páginas cruzadas cogiendo polvo, así que organizaron una macro asamblea para buscar una solución a su situación.

-¡Esto es inadmisible! ¡Es una humillación! ¡Nosotros, que contenemos tantas historias y tantos conocimientos, relegados a pudrirnos en esta cárcel!- exclamaron al unísono los tres libros de El Señor de los Anillos y El Hobbit.

-Tenéis razón y por eso debemos hallar una solución- afirmó El Libro Gordo de Petete, que había sido elegido moderador de la asamblea.

-¿Y por qué no nos quedamos aquí? Es evidente que no nos quieren- comentó un libro sobre ratones.

-Desde luego ser un libro sobre ratones te da su misma personalidad- dijo la biografía de un personaje no muy querido.

-¡Chicos, chicos, calma! Estamos aquí para buscar soluciones, no problemas- chilló el moderador.

-¡Tengo una idea!- exclamó Momo de repente, asustando a varios libros que se cayeron de sus estanterías- ¡Podríamos hacer una manifestación!

-¡Qué buena idea! Tenemos que organizarnos. Pasillos del 1 al 15: buscad con que escribir.  Pasillos del 16 al 30: buscad donde escribir. Pasillos del 31 al 45: pensad en qué escribir. Y por último, pasillos del 46 al 60: escribid los mensajes en las pancartas y decoradlas.

-¿Y qué vas a hacer tú?- preguntó un librito infantil con una voz igual que él.

-¿Yo? Yo superviso, ¿te parece poco? ¡Venga, a trabajar!

Pasaron varios días preparando su gran manifestación, pues cada libro quería tener su propia pancarta, pero el gran día llegó y todos enarbolaron sus pancartas y comenzaron a protestar:

-¡No hay derecho! ¡Leer es necesario!

-¿Qué es ese ruido?- se preguntaron todos los que pasaban cerca de la biblioteca, que no eran pocos

-Viene de la biblioteca- dijo alguien.

-Vayamos a ver.

Y todos fueron a averiguar qué era el causante de todo aquel alboroto, pero cuando vieron de qué se trataba empezaron a marcharse riéndose de los libros y su manifestación.

-¿Pero por qué os marcháis? ¿No veis que queremos ser leídos?- preguntaron muchos libros.

-¡Nadie quiere leeros, sois aburridos!- gritó un chico, que dicho esto se marchó con su skate.

Aquella declaración cayó en la biblioteca como si hubiera estallado la Tercera Guerra Mundial. Todos los libros dejaron caer las pancartas que tanto trabajo les había costado hacer y volvieron poco a poco a sus estanterías.

Los días siguientes a la manifestación desastrosa fueron tan deprimentes que incluso Peter Pan, el más optimista de todos, tenía el humor por los suelos. Si hubiera entrado un bibliotecario (cosa que por aquel entonces no había) le hubiera dado un síncope al ver en qué estado se encontraba la biblioteca: todas las pancartas continuaban por el suelo, todo lo que habían utilizado para hacerlas estaba desparramado por las mesas y todos los libros tenían sus páginas arrugadas y las cubiertas llenas de polvo.

Al final, un buen día a La Brújula Dorada se le ocurrió una idea y reunió a todos los libros en el pasillo 36 que no estaba tan desastroso como los demás.

-Chicos, ¿recordáis a aquel chico que dijo que éramos aburridos?- preguntó.

Un sinfín de “Pues claro que lo recordamos”, de “Hay que ver con que poco tacto lo dice” y de “Eso, deprímenos más” llenó el aire.

-Creo que debemos demostrar lo divertidos e interesantes que somos.

-¿Y cómo? No parecen por la labor de leernos para comprobarlo… – dijo uno.

-Muy simple: liberando a nuestros personajes para que vean que no somos aburridos. Así es como lo haremos…

Al día siguiente, mucha gente se levantó con la extraña sensación de que algo fuera de lo corriente iba a suceder. Todos estaban yendo a clase y a trabajar cuando escucharon una pequeña explosión. Todos miraron a su alrededor para ver qué había pasado pero tuvieron que salir corriendo para no ser arrollados por dos jinetes montados en sendos equinos.

Y llevaba con él una lanza. Estaba extremadamente flaco, al igual que su montura y su rostro reflejaba un halo de locura. El segundo jinete estaba más redondo en lo que a anchura se refiere y espoleaba a su mula para alcanzar al primero, que le gritaba entusiasmado:

-¡Corre Sancho, a borrar de la faz de la tierra a estas inmundas criaturas que se hacen llamar gigantes! ¡Por mi amada Dulcinea!

Todos se quedaron mirando asombrados y sin poder reaccionar a aquella singular pareja.

Apenas habían pasado unos minutos cuando oyeron unas voces que provenían de la copa de uno de los árboles del parque. Todos miraron hacia allí y vieron a un apuesto joven con una piel tan blanca como la nieve que le susurraba a una chica de pelo color chocolate:

-Y así fue como el león se enamoró de la oveja. Eres mi marca de heroína- y acto seguido la acomodó sobre su espalda y desapareció entre los árboles a una velocidad pasmosa.

Las chicas suspiraban deseando que algún chico les dijera lo mismo algún día y los chicos farfullaban acerca de lo rápido que era aquel chico y de lo rápidos que podían ser ellos.

A la hora de entrada a clase, un chico rubio con una extraña marca en su mano sobrevoló el cielo montado sobre una imponente dragona azul. Acto seguido el chico se encontraba junto a otro chico un poco mayor que él con el pelo negro, pero enseguida se encontraban en compañía de una  bella elfa que se encontraba inconsciente.

A la hora de comer, cuando todo el mundo regresaba a sus casas, apareció de la nada un puente. Sobre él se encontraba una pareja de enamorados que estaban enganchando un candado a uno de los barrotes del puente y que tras cerrarlo con llave la lanzaron al río que había bajo ellos.

Durante el resto del día la gente siguió viendo situaciones como aquellas, a las cuales nadie le encontraba explicación, hasta que alguien dijo:

Vayamos a la biblioteca! Quizá allí averigüemos qué es lo que está pasando.

A muchos les pareció una buena idea y fueron todos juntos a la biblioteca.

Cuando llegaron a la biblioteca se sorprendieron muchísimo al ver que los libros parecían estar esperándoles.

-Estimados libros, no sé si sabéis lo que está ocurriendo ahí fuera…- comenzó un anciano apoyado en un bastón.

-Sí, lo sabemos- respondieron  unos cuantos libros.

-Estupendo. Entonces, ¿podríais explicarnos que ocurre?- continuó el anciano que había tomado la palabra.

-Muy fácil. Dijisteis que éramos aburridos y ya veis que no lo somos ni por asomo- contestó Momo.

-Me temo que no entendemos.

-Lo que habéis estado viendo hoy son fragmentos de nuestras historias.

Las personas allí presentes empezaron a murmurar entre ellos mientras los libros se miraban satisfechos: iban por buen camino.

-He de reconocer que me han gustado los fragmentos que nos habéis enseñado. ¿Tenéis muchas cosas?- preguntó una chica.

-¡Pues claro! Tenemos biografías, enciclopedias, cuentos, leyendas, novelas de amor, de misterios, de acción, de aventuras, de fantasía… ¡Todo lo que podáis imaginar!- exclamaron la mayoría de los libros con entusiasmo.

Entonces ocurrió: todos se interesaron por algún libro. Los libros tuvieron que abrir un turno de preguntas. El Libro Gordo de Petete respondía a las preguntas y anotaba quién se llevaba a cada libro mientras se buscaba a alguien para asumir el puesto del bibliotecario.

-¿A qué libro pertenece el chico del dragón azul?

-A Eragon, un estupendo libro de aventuras y fantasía.

-¿Y un chico de color verde aceituna y un dragón blanco?

-A La Historia Interminable, pero tranquila, se acaba. ¡Jajaja!

-¡Me lo llevo!

Al final del día, los libros ya estaban entre las manos de sus propietarios temporales mientras estos los leían con avidez lamentando mucho haber pensado que eran aburridos y no haber descubierto lo buena que era la lectura antes.

 

Ana Esther Serrano Cruz