EL SAPO DE LA FUENTE DE AGUA “LA IDEAL”

EL SAPO DE LA FUENTE DE AGUA “LA IDEAL”

Este cuento fue creado  en abril del 2008 por la escritora Berbel  ,con motivo del día del libro,  para todos los niños del mundo.

Si quieres ver los dibujos que han realizado vuestros compañeros, pincha en las palabras que están marcadas con un color distinto.

Te animamos a dibujar alguna parte del cuento y enviarlo a okupartecaam@gmail.com.

 

Sssssshhhhhh empieza el cuento:

Soy un sapo, sí, un sapo hecho y derecho. Y estoy muy nervioso,… ¡nerviosísimo! ¡Quién me lo iba a decir! ¡Con lo tranquilo que parezco y con lo “retranquilo” que soy!

No sé ni cómo empezar mi discurso porque ¿saben? Tengo que hacer un discurso para toda la humanidad.

Bueno, en primer lugar les tengo que decir que me han concedido el Premio Nóbel de las Artes y las Ciencias Universales. Me llamaron esta mañana muy temprano y me dijeron: “Oiga, ¿es usted el sapo? ¿ Pues, amigo mío, acabamos de concederle el gran premio, el Premio Nóbel y bla, bla, bla,…”.

¡Me quedé muerto! ¡No me lo podía creer! La emoción me dejó tirado en el suelo, no podía dar ni un saltito, ni gritar un croac-croac de alegría. Estaba totalmente paralizado. Y claro, tengo que hacer un discurso de agradecimiento a todos los animales  de este planeta porque tengo que ir a Suecia a recoger el premio. ¡Y de algo tendré que hablar!-digo yo.

¡Dios, qué susto!

Me miro una y mil veces en el espejo del charco de mi casa y no me reconozco, el verde de mi piel está casi amarillento, ni siquiera soy un sapo “cancionero” que vive soñando junto a su laguna; ni una rana de esas tan extraordinarias que los humanos se vuelven locos para comerse sus ancas como el mejor de los manjares; ni de esas que están esperando el besito de las más linda para convertirse en príncipes azules; ni nada de nada, ni nada de nada. Yo soy tan común y corriente como el charco donde chapoteo cada mañana, o sea, nada extraordinario.

Soy simplemente un sapo. Un ¡saaaaaaaaapoooooooOOO!

Mi padre era otra cosa, un señor sapo verde y con una barriga gordísima. Era un cantante de ópera, trabajaba en la orquesta sinfónica del Charco de la fuente de agua “La Ideal”, en el municipio de Firgas. ¡Si vieran cómo se hinchaba de aire toda su bocaza, su papada y sus pulmones! Parecía que iba a explotar de un momento a otro. Por eso, era el gran tenor del mundo y  todo ese aire acumulado en su cuerpo le servía para emitir los mejores sonidos musicales.

Cuando croaba, los pájaros salían de estampida volando de un lado a otro disparatados y, hasta los burros se tapaban las orejas por si los cantos de mi padre estallaban los tímpanos. Y no, no es que gritara un simple “croac-croac”, como cualquier viejo sapo. ¡No! Él gritaba “cruagggGGG… cruagGGG”, eclipsando cualquier otro sonido de toda nuestra isla e inutilizando todas las antenas de radios y televisión; incluso desviaba el vuelos de los aviones, porque los decibelios que emitía mi padre eran mas fuertes de los de ellos.

Cuando yo nací, mi madre le prohibió que me cantara. Ella sabía que en vez de cantarme un arrorró para dormirme, me dejaría sordo y despierto para toda mi vida.

¡Ay, mi madre! Mi madre era la rana más preciosa de todas las acequias y de todos estanques; la más saltarina, la acróbata más impresionante de todas las que pueden imaginarse. Es más, ella fue la profesora de Pinito del Oro y, gracias a mi madre, Pinito es reconocida en todo el mundo como la primera figura  del circo universal. ¡Si no fuera por mi madre!

En una ocasión, la quisieron contratar en la fuente de Agua de Teror, se la rifaban para que fuera a los manantiales del agua de Moya y hasta le propusieron un viaje para la charca de Maspalomas (porque sería un buen espectáculo para el turismo). Pero mi madre prefirió  quedarse en casa enseñándonos a todos mis hermanos a perfeccionar las múltiples técnicas del salto.

Yo nací en una familia feliz, mis  padres y mis hermanos son mi verdadero tesoro. Nos ayudamos entre todos, limpiábamos la orilla del charco para que siempre estuviera ordenada y cómoda. Hay que recordar que en la orilla, mis hermanos y yo, hacíamos los deberes y también jugábamos al boliche, al escondite, a la cogida y a  “salta la uva, salta el garbanzo”. Mi madre no quería ni una sola rama fuera de su sitio y mi padre podía poner el grito en el cielo si no le hacíamos caso.

Claro que yo, como nací un renacuajo, hasta que no me hice mayor no comprendía mucho eso de tener “ el charco limpio y ordenado”. No me gustaba nada hacer las tareas de casa. Era un piquillo vago. ¡Pero aprendí! Y estoy orgullosísimo de saber convivir con orden y limpieza.

Así que hoy, después de haber aprendido muchas cosas y poderlas transmitir al resto de los animales, me han sorprendido dándome el Premio Nóbel por mi esfuerzo. Por eso, tendré que hacer un discurso de agradecimiento a la humanidad. Y les echaré la sonrisa más grande, la que me sale de esta boca tan grandota. Les diré a los animales-personas que:

Yo no soy un perenquén (o perinqué), aunque me hubiera gustado recorrer los tejados y asomarme a las ventanas de las casas; que tampoco soy una salamandra, ni siquiera la famosa salamandra “olímpica” que es tan famosa y hasta  sale en las enciclopedias. Que tampoco soy una lagartija preciosa y reluciente de las que cogen carrerilla y se recorren los barrancos de arriba abajo como verdaderas atletas. Menos aún, tampoco soy una lisa, de esas tan elegantes y estilizadas que parecen modelitos ( Tops-model) al sol sobre las piedras de los barrancos. ¡Ay, si hubiera sido un lagarto gigante de El Hierro! ¡Ese lagarto de Salmor majestuoso y primitivo!, pero no, claro que no. Tampoco soy un lagartillo tizón de Lanzarote ni de Fuerteventura; además, no conozco los Jameos del Agua  ni las preciosas playas de Jandía. No, no soy tampoco una rana africana de esas loquillas que viven en Tanzania metidas hasta los ojos en el barro de los pantanos esperando que pase un hipopótamo  para limpiarlo de insectos; ni una ranita costarricense que conoce selvas magníficas y árboles majestuosos y todos los sonidos de las aves más hermosas. No soy nada,  nada de eso. Pero ¿saben?, pertenezco a la familia de los anfibios, a una gran familia; aunque, a decir verdad, parezca más la “oveja negra” de todas esas criaturas. Sin embargo, todos los seres y especies del universo somos necesarios.

Recuerdo muchas frases bonitas que, desde que era un renacuajo, aprendí de mis mayores. Podría decir algo de eso en mi discurso cuando vaya a recoger el premio Nóbel. Frases de una gran sabiduría, por ejemplo:

Cómete todo el mosquito. Te vuelvo y te repito que te lo comas todo”. Eso me enseño que tenía que alimentarme para crecer y hacerme fuerte y resistente ante la vida.

“No te estés peleando con tus amigos. Croando se entiende la gente”. Y efectivamente, aprendí que croar es lo mejor y esta forma de conversar con mis amigos servía para hacer las paces en las peleas en vez de usar las patas.

 

“Hay que ser educados y el respeto es muy bonito”. Así, comprendí que era mejor dar un salto, o mil saltos, y cambiar de actitud antes de estar incordiando con groserías. Más de una vez, nuestras ranotas mayores nos decían “cierra el pico antes de contestar de mala manera” y, aunque nunca vi que ningún renacuajo tuviera pico, nos callábamos como si lo tuviéramos.

“Hay que ayudar y protegerla os más débiles”. De esta forma puede acostumbrarme a contemplar la hilera de las hormigas sin quererlas aplastar. De esta forma aprendí que todos podemos vivir alrededor de una charca cualquiera y que la charca nos sirve a todos, que todos cabemos.

Un anfibio de verdad es el que conoce su territorio, conoce sus limitaciones (sabe que no es un lagarto de Salmor, ni un ajolote mexicano), sin complejo alguno; que todos los animales son necesarios y que todos tenemos un trabajo que hacer y,  lo mejor es compartir mil historias de flores, cucarachas, grillos y elefantes.

A estas alturas de la vida, hasta las ratas de las cloacas de Nueva Cork tienen algo que hacer. Las águilas son las estrellas del cielo y los pejines tienen el sabor del mar. Las cabras nos regalan la leche más rica y las abejas hacen la mejor miel. Todos tenemos un trabajo que hacer.

¡Me gusta la vida! Me encanta bañarme y revolverme en las aguas cristalinas de los lagos, en las verdes aguas de los estanques, esconderme debajo de las hierbas fresquitas, oír los conciertos de todos los insectos, saltar y saltar de alegría, ver como me dibujan y me pintan en los cuadernos y como hay libros de poemas en donde yo soy parte de una ilustración. Me gusta acompañar a todos los niños del mundo y saber que puedo servirles para sacarles una sonrisa. Es que, en realidad, todos los sapos deseamos que nos quieran y que jueguen con nosotros.

Así que empezaré el discurso diciendo:

Señoras y señores. Soy un sapo, un sapo común y corriente. Estoy muy agradecido de las cosas que el mundo me ha regalado. Señoras y señores, animales todos de este planeta, me encanta compartir con ustedes todas las estrellas del firmamento.

Muchas gracias. Croac… croac… corac,